La Lic. Nohelí Castro explicó cómo gestionar las emociones, cuándo buscar ayuda psicológica y por qué reprimir lo que sentimos puede afectar nuestra salud y nuestros vínculos.

Las emociones forman parte de nuestra vida cotidiana y cumplen un papel fundamental en la manera en que nos relacionamos, interpretamos las situaciones y respondemos ante los conflictos. Sin embargo, aprender a reconocerlas y gestionarlas no siempre resulta sencillo.
En Nuestra Salud, la licenciada en Psicología Nohelí Castro (MP 0351) abordó la importancia de la gestión emocional, las consecuencias de reprimir los sentimientos y las señales que pueden indicar la necesidad de buscar acompañamiento profesional.
Uno de los primeros conceptos que aclaró fue que no existen emociones buenas o malas, aunque culturalmente muchas veces se las clasifique de esa manera.
«Todas las emociones son reacciones y son normales, son naturales, son esperables», explicó. En ese sentido, diferenció aquellas que generan sensaciones placenteras, como la alegría, el amor, la ternura y el entusiasmo, de otras que pueden resultar desagradables, como la tristeza, la frustración y el enojo.
Según Castro, las emociones aparecen como respuesta a situaciones que vivimos, pensamientos o recuerdos, y se manifiestan tanto en el cerebro como en el cuerpo. Además, cumplen funciones importantes: nos ayudan a sobrevivir, comunicarnos y comprender tanto nuestras propias necesidades como las de los demás.
Durante la entrevista, la profesional explicó que una persona puede experimentar dos emociones al mismo tiempo. En esos casos, puede aparecer primero una emoción primaria y luego otra secundaria, vinculada muchas veces con aprendizajes adquiridos a lo largo de la vida.
Como ejemplo, mencionó a quienes aprendieron que expresar tristeza es una señal de debilidad. En esas situaciones, la tristeza puede quedar desplazada por el enojo o la molestia.
Por eso, consideró importante preguntarse si la reacción que estamos teniendo responde realmente a lo que sucede o si funciona como una manera de ocultar otra emoción. «Hay que empezar a investigar y a ver si ese enojo aparece porque es genuino y es real a la situación que estoy reaccionando, o si aparece como una forma de tapar otra emoción», señaló.
Castro identificó dos formas frecuentes de manejar inadecuadamente las emociones: guardarse lo que uno siente o expresarlo de manera desmedida.
En el primer caso, hay personas que evitan mostrar enojo, tristeza o frustración, se callan, se alejan o intentan sostener vínculos sin expresar lo que les sucede. Esta conducta puede generar distanciamiento y dificultades para conectar con los demás.
En el extremo opuesto están quienes reaccionan mediante gritos, insultos, agresiones o conductas impulsivas, provocando nuevos conflictos interpersonales.
La psicóloga explicó que gestionar las emociones no significa necesariamente dejar de sentirlas o controlarlas por completo, sino reconocer qué nos está pasando, identificar la intensidad de esa reacción y evaluar si resulta conveniente actuar en ese momento.
Para ilustrarlo, utilizó el ejemplo de los conflictos entre adolescentes y sus padres. Un adulto puede sentirse herido o enojado frente a determinadas expresiones de su hijo, pero necesita preguntarse qué tipo de vínculo quiere construir a futuro antes de responder impulsivamente.

Otro de los aspectos abordados fue la relación entre las emociones y la salud física. La profesional advirtió que sostener situaciones de estrés durante períodos prolongados puede generar consecuencias en el organismo.
Entre los síntomas y problemas que mencionó se encuentran la gastritis, los dolores de cabeza y las dificultades para dormir.
También explicó que reprimir sistemáticamente las emociones puede favorecer la aparición de enfermedades psicosomáticas y trastornos mentales.
En ese sentido, señaló que muchas personas que no acostumbran expresar lo que sienten no llegan inicialmente a una consulta psicológica, sino que primero buscan atención médica por molestias físicas.
¿Cuándo es necesario buscar ayuda psicológica?
Castro enumeró distintas señales de alerta que pueden indicar dificultades para gestionar las emociones y la conveniencia de consultar con un profesional.
Entre ellas mencionó:
– No poder identificar qué emoción se está sintiendo ni comprender por qué aparece.
– Tener insomnio o pensamientos recurrentes que no se pueden dejar de lado.
– Experimentar conflictos frecuentes con otras personas.
– Tener dificultades para construir vínculos significativos.
– Alejarse de personas importantes o terminar reaccionando de manera explosiva, provocando distanciamientos.
La psicóloga explicó que la terapia permite identificar qué emoción aparece frente a determinadas situaciones, reconocer su origen y evaluar si está relacionada con los hechos o con interpretaciones personales.
Como ejemplo, mencionó una situación cotidiana: llegar al trabajo, encontrarse con una compañera que no saluda e interpretar inmediatamente que está enojada o que existe algún problema personal, cuando quizás simplemente está distraída o concentrada en otra tarea.
Aprender a diferenciar lo que sucede de aquello que interpretamos puede ayudar a evitar conflictos innecesarios.

Entre las herramientas para gestionar las emociones, la especialista destacó la respiración, las prácticas de mindfulness, la meditación y el yoga. Sin embargo, aclaró que no existe una metodología única que funcione para todas las personas ni para todas las situaciones.
La efectividad de estas herramientas depende de la intensidad de la emoción y de las características de cada individuo.
En algunos casos puede resultar útil respirar profundamente; en otros, alejarse momentáneamente del conflicto y tomarse unos minutos o incluso algunas horas antes de responder. «Hay veces que la emoción nos agarra con tanta fuerza que nos nubla los pensamientos y uno se siente abrumado», explicó.
Por eso, insistió en la importancia de conocerse y reconocer cómo reacciona cada persona frente a situaciones de tensión.
Al analizar el aumento de las reacciones violentas en la sociedad, Castro planteó que el uso de las tecnologías y la escasa presencia de adultos que acompañen la gestión emocional dentro del hogar pueden ser factores que dificultan este proceso.
Según su mirada, las tecnologías acostumbran al cerebro a respuestas más rápidas e impulsivas, reduciendo la capacidad de medir las consecuencias de determinadas acciones.
En ese contexto, destacó la importancia de la presencia adulta para acompañar y enseñar a reconocer las emociones, especialmente durante la infancia y la adolescencia.
La psicóloga también hizo hincapié en la responsabilidad de las familias en la educación emocional de los más pequeños. «Es muy difícil que yo pueda enseñar algo que no conozco», advirtió, al señalar que los adultos primero necesitan informarse y aprender a gestionar sus propias emociones para poder transmitir esas herramientas a sus hijos.
Entre las recomendaciones, propuso ponerles nombre a las emociones que experimentan los niños: explicarles cuándo están tristes, enojados o frustrados, preguntarles qué les sucede y acompañarlos sin juzgar sus reacciones.
También pidió evitar expresiones que minimicen sus sentimientos, como decirles que no es para tanto o cuestionarles por llorar. «Acompañar la emoción sin juzgarla», fue uno de los conceptos centrales que dejó durante la entrevista.
Finalmente, Castro explicó que existen tratamientos psicológicos específicos para abordar las dificultades en la regulación de las emociones.
Mencionó la terapia dialéctica conductual, orientada principalmente a personas con problemas graves de desregulación emocional, y la terapia dialéctica conductual radicalmente abierta, dirigida a quienes tienden a reprimir, esconder o bloquear lo que sienten.
Además, destacó la existencia de herramientas preventivas, como la psicoprofilaxis, que permiten acompañar a las familias y brindarles recursos para trabajar la educación emocional con sus hijos.
La especialista concluyó que reconocer las propias emociones, aprender a expresarlas y pedir ayuda cuando sea necesario son pasos fundamentales para construir relaciones saludables y evitar que los conflictos emocionales afecten la calidad de vida.

