El referente de la Fundación YACUYAS vinculó la agresión a mujeres trans en Palermo con una problemática más profunda: la violencia institucional, la exclusión y los discursos de odio.

La violencia contra las personas trans no empieza ni termina con una agresión filmada y viralizada en las redes sociales. Detrás de cada episodio hay historias de discriminación, derechos vulnerados y vidas atravesadas por el miedo. También hay familias que conviven con una preocupación cotidiana: que una persona querida sea víctima de violencia simplemente por su identidad.
Esa fue una de las reflexiones más fuertes que dejó Landriel Oviedo, integrante de la Fundación YACUYAS, en Decilo de Frente, al analizar la brutal agresión contra mujeres trans y trabajadoras sexuales en los bosques de Palermo, Buenos Aires.
Oviedo decidió abordar el tema desde un lugar personal. Esposo de una persona trans, puso sobre la mesa una pregunta que interpela más allá de las organizaciones y los espacios de militancia: “¿Cómo se sentirían si sus esposas están siendo víctimas de una patota que sale a cazarlas?”.
El referente cuestionó también la reacción social frente a estos episodios y planteó si la indignación sería la misma cuando las víctimas fueran mujeres cisgénero trabajadoras sexuales. “Si hubiera un video de varones diciendo vamos a cazar mujeres, en lugar de mujeres trans, si fueran trabajadoras sexuales, mujeres cis, ¿la reacción de la comunidad sería igual?”, preguntó.
Su planteo buscó correr la discusión de las imágenes que recorrieron las redes sociales para poner el foco en una realidad que, según sostuvo, lleva décadas atravesando a la comunidad trans.
El problema, advirtió, continúa presente, aunque no siempre tenga la visibilidad de una agresión física. La exclusión laboral, las dificultades para acceder a derechos y la persistencia del trabajo sexual en condiciones de marginalidad son algunas de las expresiones de esa violencia.
Uno de los aspectos más profundos de su testimonio estuvo relacionado con la vida familiar y las preocupaciones que acompañan a quienes construyen una pareja con una persona trans.
Oviedo contó que la posibilidad de que su esposa sufra una agresión forma parte de sus preocupaciones cotidianas. “¿Dónde quedan las familias? ¿Dónde quedan las mamás de las personas trans? ¿Los hermanos de las personas trans? ¿Los esposos de las personas trans?”, planteó.
Y fue todavía más contundente al describir lo que siente cuando su esposa sale a realizar actividades habituales: “¿Cómo camino tranquilo? ¿Cómo dejo que Yacurmana transite La Rioja sin estar yo al lado de ella como si fuera su guardaespaldas?”.
No se trata solamente del temor frente a una situación extraordinaria. La preocupación aparece incluso ante un trámite en el centro de la ciudad, una actividad que cualquier persona debería poder realizar sin sentirse amenazada.
En ese contexto, Oviedo también cuestionó los prejuicios que rodean a las familias de personas trans y a quienes viven con VIH. Explicó que su esposa no tiene VIH, aunque muchas veces la sociedad presupone lo contrario por estar casada con él. “Todo el mundo piensa que Yacurmana vive con VIH, y ella no vive con VIH, vive conmigo. Qué es distinto”, expresó, exponiendo cómo los estigmas terminan alcanzando también a los vínculos familiares.
Oviedo sostuvo que la discusión no puede limitarse a condenar las agresiones físicas. También es necesario observar qué oportunidades tiene una persona trans para estudiar, trabajar, acceder a una vivienda y desarrollar un proyecto de vida.
En ese sentido, mencionó que todavía existen dificultades para garantizar el acceso efectivo al cupo laboral travesti-trans y recordó que muchas personas continúan viviendo en condiciones de marginalidad.
Además, puso en discusión el nivel de discriminación que enfrentan las personas con VIH en La Rioja. Durante la entrevista mencionó que nueve de cada diez personas reconocen que quienes viven con VIH son discriminados.
Su reflexión apuntó a una contradicción social: exigir que determinados colectivos se integren mientras se les niegan las condiciones necesarias para hacerlo. “¿A alguien que lo discriminas, a alguien que no le permitís tener acceso al trabajo, a la vivienda, al estudio, qué vida le estás deseando?”, cuestionó.
Frente a esa realidad, propuso cambiar también la manera en que se cuentan las historias de la comunidad trans. En lugar de asociar permanentemente sus identidades con la vulnerabilidad, la violencia o el trabajo sexual, consideró necesario mostrar sus logros y oportunidades.
Como ejemplo, mencionó a su esposa, Yacurmana De la Fuente, también integrante de la Fundación YACUYAS, quien es doctora. “Que la historia del día sea que le entregan el diploma a Yacurmana”, propuso, en una frase que sintetiza su reclamo por una representación social que también reconozca los proyectos, las capacidades y los logros.
El referente de YACUYAS también vinculó el contexto de violencia con el crecimiento de discursos de odio y la circulación de expresiones discriminatorias desde distintos espacios públicos.
En su análisis, sostuvo que existe una mayor legitimación de discursos vinculados a movimientos de extrema derecha a nivel global, que buscan limitar derechos y cuestionar conquistas sociales.
También hizo referencia a expresiones públicas que promueven la violencia contra las infancias trans y consideró que ese tipo de mensajes no puede analizarse como hechos aislados. “Realmente hay mucha exacerbación de discurso de odio, y nosotros como comunidad no es que sea nuevo”, manifestó.
Para Oviedo, el problema tiene raíces profundas y no puede atribuirse exclusivamente a un episodio o a un momento político. Sin embargo, consideró que el actual contexto contribuye a amplificar esas expresiones.
A pesar de describir una realidad atravesada por la discriminación, el entrevistado evitó cerrar su intervención desde el lugar de la victimización.
Con una extensa trayectoria de militancia vinculada a la defensa de los derechos de las personas con VIH, explicó que su objetivo es transmitir un mensaje de fortaleza a quienes atraviesan situaciones similares. “No me puedo vivir victimizando las 24-7. Prefiero que me vean un aguerrido, prefiero que me vean un luchador”, afirmó.
En ese sentido, sostuvo que la lucha no debe estar dirigida únicamente a quienes no escuchan o no garantizan derechos, sino también a fortalecer a la propia comunidad. “Si nosotros nos ponemos a fijarnos solamente en lo terrorífico, no vivimos”, concluyó.

